Diferencias entre Maestro y Ministro

La etimología de las palabras corrientes ayudan a comprender en parte la complejidad de nuestro comportamiento y relaciones sociales.

El vocablo maestro deriva de magister y éste, a su vez de adjetivo magis que significa más o más que. Al magister lo podríamos definir como el que destaca o está por encima del resto por sus conocimientos y habilidades. El vocablo ministro deriva de minister y éste, a su vez, del adjetivo minus que significa menos o menos que. El minister era el sirviente o el subordinado que apenas tenía habilidades o conocimientos.

El latín explica por qué cualquier inepto puede ser ministro pero no maestro.

 

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Lo extraño en lo cotidiano

Lo extraño produce sensaciones diversas entre las personas. Ser diferente al resto puede estigmatizarte, excluírte, segregarte, ponerte como ejemplo para otros extraños como tú. Algunos proponen “ponerte en sus zapatos” o que aprendas lecciones de vida de los “modelos a seguir”, como si eso bastara para calmar la angustia de encontrarte con “uno diferente a tí”. (recomiendo lean a Carlos Mattos, que escribe mucho y bueno sobre este asunto).
Hablamos mucho de diversidad, pero no queremos corrernos de nuestra zona de confort. A veces, pocas veces, la voz de los extraños sale más allá de su círculo y por esas cosas del destino (o de Hollywood) llegan a más personas. A más “gente como uno”. Como la historia de RJ Mitte.
Nos fascinan las historias de héroes y heroínas. Cómo son capaces de levantarse más alto que todos, después de haber caído más bajo que todos. Pero nos cuesta ver cuántos han quedado en el camino. Somos una sociedad que ama el éxito y castiga el fracaso. Más bien, castigan a los “éxitos cortitos” con la etiqueta del fracaso. Olvidan que el fracaso no es más que la oportunidad de comenzar de nuevo, pero con más inteligencia (“Failure is only the opportunity to begin again, this time more intelligently. There is no disgrace in honest failure; there is disgrace in fearing to fail“).
Es un buen momento para empezar a ver desde otra perspectiva. La de quienes lo intentan, sin ánimo de ser héroes, obtener premios o medallas. Simplemente, porque quieren una mejor sociedad.
 
 

Accesibilidad más allá de rampas y ascensores

Hace unos días, Matías Sánchez Caballero compartió en su muro de Facebook una carta dirigida al periódico ABC digital. Y como suele suceder en tiempos de redes sociales, sus amigos no dejamos pasar la oportunidad de comentar y reflexionar sobre la visibilidad de ciertas discapacidades y lo invisible de muchas otras. En particular, el caso de las personas con baja visión.

Surgieron situaciones vinculadas con el turismo accesible, museos accesibles, visitas guiadas accesibles a los museos, etc. Con un patrón emergente: los problemas de accesibilidad se resuelven con rampas, ascensores y textos en sistema braille. Y si bien en Argentina la Vicepresidente y el Ministro de Trabajo no evitan ser mostrados en sus sillas de ruedas, por ahora todo sigue siendo declamación y poca acción. Algunos intendentes (alcaldes) se jactan de que sus ciudades son accesibles. Pero las calles y veredas están destruidas, las rampas existen, pero no son funcionales.

Mi ciudad, según informan, es la que mayor densidad de población de adultos mayores tiene en Sudamérica. Y estos adultos procuran ser lo más autónomos que su salud… y la ciudad les permite. Se las ingeniaron para contar con sillas de ruedas y andadores hechos para su necesidad. Y aquí es donde todas las pretensiones de estandarizar las tecnologías de apoyo se estrellan con el muro de los “ajustes razonables” que requiere cada persona para desenvolverse en la comunidad y ejercer plenamente sus derechos en situación de equidad de oportunidades.

No todo se resuelve con rampas, ascensores y textos escritos en sistema braille. Hay personas con movilidad reducidas que no utilizan sillas de ruedas o bastones blancos. Matías señala criteriosamente, que la mayoría de las personas con discapacidad visual no son ciegas. Padecen baja visión. Hemos naturalizado que una persona que usa bastón blanco es ciega. Una que usa anteojos muy gruesos tiene baja visión. Pero la mayoría de las personas con baja visión no necesitan bastón (blanco o verde, dejo la discusión para otra entrada del blog). Eso vuelve invisible su discapacidad. Y de nuevo, la imposibilidad de estandarizar soluciones tecnológicas de apoyo para estas personas.

Dicen que “del dicho al hecho hay un largo trecho”. Predicamos los buenos y potentes valores de la inclusión (social, educativa, digital, civica, y afines). Pero, puestos manos a la obra, ¿tenemos la suficiente humildad como para pedir ayuda a quienes saben?

Matías insiste en que la accesibilida empieza antes de que una persona salga de su casa o antes de encender cualquier dispositivo. Creo que la accesibilidad empieza en la mesa del diseñador de entornos, servicios o productos. Y sigue en el escritorio del funcionario o el escaño del legislador.